Artículo publicado en EL PAIS 12/07/2010
Quizá sea el turismo el último reducto productivo sobre el
que las autoridades políticas tienen una decisiva influencia, tanto en la
definición del producto y de la clientela como en la promoción externa. Mal
asunto, porque, antes que criterios de rentabilidad empresarial y eficiencia
social, se imponen otros más etéreos e imprecisos, debidos las más de las veces
a aspiraciones y deseos personales de los políticos que tienen escaso fundamento
socioeconómico. No de otra fuente procede la apelación sistemática al turismo
de calidad, resbaladizo y manoseado concepto comodín respecto de cuyos
componentes estructurales nadie sabe darme una precisa definición. Llevo ya
casi 40 años esperándola.
De forma que la planificación turística se debe, comúnmente,
a impulsos intuitivos y no a un proceso de reflexión desapasionada en la que se
identifiquen los atributos disponibles, se valoren las carencias y déficits, se
extraigan los valores diferenciales respecto de los espacios competidores, se
establezcan los potenciales, se definan las incompatibilidades y, como
resultado de todo ello, se perfile el producto y, a su través, la clientela. El
proceso suele empezar por el voluntarista tejado de establecer la clientela
deseada, sin reparar en las posibilidades reales que se tiene de atraerla y en
los déficits estructurales que es preciso vencer para lograr ese objetivo. Ni
en su coste.
Así parece haberse actuado en Valencia. Despreciando el
turismo de playa, para el que tiene extraordinarias cualidades cuya activación
requiere inversiones muy moderadas y que, bajo condiciones estructurales
determinadas, ha demostrado una gran capacidad para distribuir equilibradamente
los enormes flujos de ingresos que genera, se prefiere insistir exclusivamente
en otro tipo de clientelas que, si no imposibles, son, como mínimo, dudosas y/o
evanescentes: cruceros, congresos, eventos y equipamientos y acontecimientos
culturales. Ninguna de las cuales, por cierto, tiene clientela incompatible con
un turismo de playa de nivel moderadamente alto.
Hay pocos cruceristas (177.000 en 2009, casi 12 veces menos
que en Barcelona). La tasa de clientes congresuales/día no alcanza a 200 según
la programación anunciada en la web del Palau de Congresos para el 2º semestre
de 2010, donde está activo sólo durante 32 días. Y no se publican datos de los
clientes no forzados que acuden a la mastodóntica Ciudad de las Artes y las
Ciencia, que nunca ha justificado con sus ingresos la inmensa inversión requerida:
su buque insignia, el Palau de les Arts, podría tener casi 80.000 espectadores
durante los 59 eventos programados para la temporada 2010/2011 si se vendieran
todas las entradas y, cosa inverosímil, no hubiera invitaciones gratuitas, un
promedio de apenas 216 personas/día, que ni siquiera son, como los asistentes a
congresos, todos ellos turistas o foráneos. Tampoco es que veamos que las masas
se agolpen frente a los demás óseos recintos calatraveños, cuyas cifras de
frecuentación por parte de públicos no prescritos (colegiales y jubilados) no
se publican pero que parecen muy inferiores a las estimadas inicialmente. Y,
además, ¿cuántos de sus visitantes pernoctan en hoteles?
No deben ser muchos. Los datos del INE sobre los hoteles de
Valencia son concluyentes. En los promedios anuales de 2009 aparece como el 13º
punto turístico español en número de plazas; el 36º en ocupación total y en
ocupación en fines de semana (por debajo de San Sebastián, Segovia, Salamanca,
Mérida, Barcelona, Granada, Córdoba, Logroño, Toledo, Bilbao, León, Zamora,
Madrid, Santander y Sevilla); y como el 14º en personal empleado. Poco para la
3ª ciudad de España y la que mayores inversiones ha realizado en fetiches
icónicos y acontecimientos multinacionales. Porque tampoco los eventos
multimillonarios parecen surtir efecto. En la temporada hotelera analizada
había ya una competición de Fórmula 1 y estaban próximas en el tiempo las de la
America's Cup, que nos iban a llenar de por vida de turistas náuticos
multimillonarios pero que no han aparecido después.
El turismo es una actividad económica que vende secuencias
de actividades y emociones en el tiempo que aspiran a perpetuarse. Es, por
tanto, una industria del tiempo continuo. Ya lo decía con otras palabras el
presidente de los hoteleros de Benidorm, Antoni Mayor, cuando hablaba de los
eventos circunstanciales y de las infraestructuras perdurables, pero la
autoridad turística valenciana, quien quiera que pueda identificarse como tal,
se obstina en pensar que es una industria del espacio, y que, pese a nuestra
escasa propensión a la excelencia, somos capaces de atraer a los consumidores
del más alto nivel. Craso error porque "la emoción del espacio es
instantánea", según decía el maestro Henri Lefebvre, y porque basta con
echar una ojeada a las guías más prestigiosas del glamour internacional para
ver el nivel de nuestras ofertas hoteleras, gastronómicas y comerciales. Es
suficiente con hacer un listado de las franquicias de lujo que nos faltan para
saber que, para competir con Niza o Montecarlo, nos falta un largo camino,
quizá irrecuperable incluso a largo plazo.
Y, en todo ese contexto, qué sentido tiene primar a
Ryanair con 800.000€ anuales si su pasajero-tipo es tan distinto y está tan
distante del que propone la estrategia turística de Valencia. ¿O es que ya
todos los turistas nos valen?
José Miguel Iribas es sociólogo.
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