Se ha ejecutado la reforma, ya sabemos de que va el asunto, por fin. Después de tantos amagos, tantos micrófonos abiertos casualmente, al final no han tenido más remedio que publicarlo, aunque sospecho que hubieran querido ponerla en marcha sin tener que hacerlo. En esta reforma se consagra al empresario como el Dios del empleo. Parece que el empresario le haga un favor al trabajador, como si éste hiciera su labor a desgana y le fuera a estropear la maquinaria al dueño. El empresario se constituye en una casta superior frente a la otra de intocables trabajadores. A éstos se les trata, más que nunca, como simples peones sin derechos, ni siquiera el derecho a una vida privada, sin derecho a disponer de su tiempo libremente, volvemos a los comienzos del siglo veinte. La relaciones laborales nunca serán fluidas si no se cambia la cultura empresarial; las relaciones laborales se deben entender como una simbiosis, las dos partes consiguen un beneficio y las dos partes están contenta...